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El impacto del respeto en la vida diaria

Hace poco me encontraba caminando por una plaza al sur de la Ciudad de México, cuando presencié un acto que me impactó: Un niño cuestionó a un vendedor de animales ¿Quién podía determinar cuánto vale una vida?


Escuchar esas palabras me dejó helada, pues era una pregunta altamente compleja, digna de un raciocinio superior, porque habla de una persona capaz de comprender la importancia de cualquier otro ser en el planeta; bueno y que haya provenido de un niño, es más impresionante todavía.





Este hecho me hizo cuestionarme sobre la situación tan complicada que estamos viviendo, aquella que nos llena de dudas, miedos, ambiciones materiales, “éxitos”, entre otras cuestiones; y que, al contrario, cada vez nos aleja de la empatía, de la búsqueda del bien común y del reconocer que todos los seres vivos estamos cohabitando un espacio común y que las decisiones de unos, afectan a otros. Todas estas carencias se ven en la forma en que respetamos a otros y a nosotros mismos. El respeto, esa palabra de siete letras cuyo significado sienta las bases del bien vivir social, es tan poderosa y tan ambigua, que es capaz de mostrarse a través de la voz de un niño pequeño; y a su vez, es capaz de enmudecerse al analizar nuestro modo de vivir en la actualidad.


Si uno lee las noticias, reconocerá la situación caótica en la que nos encontramos, aquella que nos hace cuestionarnos sobre cómo nos convertimos en esta sociedad y su forma de reconocer lo que es realmente “importante”. Somos seres individuales, quienes cuando queremos algo lo queremos al momento sin importar qué. La comunicación cada vez es más independiente, pareciera que mientras más eficiente es, menos necesitamos buscar el contacto humano. Ya muchas cosas se solucionan a un solo click de distancia, pero, si nos dejamos llevar por este estilo de vida, comprenderemos que nos estamos alejando de las personas y de nuestro entorno, eso se reconoce al analizar el valor que tienen para nosotros. Esta desvalorización está inmersa en la vida cotidiana de una manera tan amplia, que ya ni es notoria, hace que cada vez más personas les cueste respetar sus límites y se les dificulte decir no con facilidad, pensando en su bienestar y que reconozcan el valor de sus palabras y el impacto que generan.





La palabra es lo más importante que tenemos como seres humanos, ella, producto del pensamiento, nos lleva a justificar nuestras acciones e influye en la explicación de las consecuencias de nuestros actos.


Si uno actúa con respeto y comienza a revalorar el papel del otro en el planeta tierra, el reconocerse como un igual, con la capacidad de crear ambientes sociales pacíficos, en los que se reconozca el valor del otro y se conduzca con sabiduría y empatía al buscar un bienestar común, se podrá dar de manera tangible un verdadero cambio de paradigma; porque recordemos, los cambios grandes provienen de procesos pequeños. Lograr esto conlleva pequeños sacrificios, los cuales rendirán frutos a futuro, probablemente en las nuevas generaciones, pero lo importante es que este cambio venga como una ola de pensamiento ya preestablecida, la cual sea capaz de redimirse en nuevos paradigmas que creen oportunidades para todos. Y, también, que sean seres capaces de reconocer su propia importancia y su función social, el aprender a quererse, aceptarse y ver por ellos, son herramientas muy valiosas al momento de tomar decisiones, porque si cada acción que se realiza se hace con amor tanto para sí mismos como para la sociedad, los resultados serán exponenciales y retribuirán todo lo bueno que la sociedad pueda proveer.