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Crisis resilientes y renacimientos cotidianos

Actualizado: 20 de nov de 2019

Las ideas de muerte y reencarnación se han encontrado íntimamente ligadas y conforman una parte muy importante en la cosmovisión de una gran diversidad de culturas, religiones y corrientes filosóficas alrededor del mundo. La muerte se presenta a la vez como un espacio fronterizo, un horizonte y como un momento de transición; encontramos por ejemplo la creencia en el Samsara en ciertas religiones provenientes de la India, tales como el hinduismo y el budismo -esta última extendiéndose hasta china y japón, influyendo en el Taoísmo y directamente en el Shinto, respectivamente-, los Misterios órficos en la Grecia antigua, el culto a Heqet en Egipto, o las creencias en la permanencia del alma en las mitologías nórdica, celta, azteca, maya, e inca, por mencionar unas pocas. A su vez, estas han influido en la concepción popular que tenemos actualmente respecto a la muerte, ya que, si bien resulta de lo más presente la definición clínica de esta como el cese de las funciones orgánicas del cuerpo, también hay una gran consideración al respecto en el ámbito simbólico.


De igual manera, el concepto de reencarnación implica una cierta separación entre lo que pensamos como cuerpo y como mente / alma. Es así que, en este sentido, podemos tomar a la relación existente entre muerte y reencarnación como una crisis, ya que etimológicamente esta palabra refiere precisamente a una separación o decisión determinante.


Pensemos ahora en estas otras distintas crisis por las cuales transcurrimos a lo largo de nuestras vidas, crisis que si bien llegan a ser de índole variada, inevitablemente conllevan un proceso de transformación, de tal manera que aprendemos -o en los casos de mayor profundidad, aprehendemos u olvidamos- cuestiones que, a fin de cuentas, nos han / habían definido como sujetos; así, vivos, andamos en un trayecto con distintas situaciones que a cada paso que damos nos presentan un encuentro y reencuentro permanente con un borde, horizonte que se desplaza, separando lo que fuimos de lo que creemos que somos y lo que podríamos ser.


La paradoja de Teseo nos presenta una cuestión importante al respecto; esta plantea la pregunta: Si se reemplazan poco a poco los componentes de un objeto, hasta que aquello que lo compone sea completamente distinto a lo original, ¿sigue siendo este el mismo objeto? En el ámbito biológico u orgánico podemos considerar el cómo nuestras células, en su ciclo de vida, crecen, se reproducen y mueren; la piel que somos/habitamos no es la misma que hace 5 o 10 años e incluso -al menos simbólicamente- las cicatrices se renuevan. En la cuestión social también transcurrimos ciclos, crisis, muertes, reencarnaciones y renacimientos; reaccionamos de manera distinta frente a problemas políticos que, aunque persistentes, permean y abonan la semilla o brote del posicionamiento que adoptamos hace una o media década, ya de manera fértil o estéril. También está la memoria y los lazos interpersonales que tejemos, construimos y perdemos; amistades, familiares, ideales, metas, memoria y, ellas, a su vez, nos constituyen, Resultan conflicto y ello nos invita o a apelar pasivamente a la adaptación, o a accionar, cambiar, transformar lo que vivimos.


Se piensa en el conflicto como algo negativo, aquello que ha de ser evitado, así como las crisis, la muerte, las fronteras y la separación; se apela a un constructo positivista y de acumulación de conocimiento aplicado a la inmediatez, experiencias que apuntan a llenar un vacío.; uno que es necesario. Pero son precisamente los conflictos, las crisis y, ultimadamente, la conciencia y reflexión alrededor de la finitud, muerte y simbólico renacimiento aquello que nos hace posible posicionarnos en crítica. Como lo plantea Michael Ende:

“Si los hombres supiesen lo que es la muerte ya no le tendrían miedo; y si ya no le tuvieran miedo, nadie podría robarles, nunca más su tiempo de vida.”[1]

Tal vez no sepamos exactamente qué o cómo es la muerte, pero seguro que sabemos de crisis, de intervalos, cicatrices y fronteras, sus hermanas menores; entonces sólo hace falta ser críticos de frente a la crisis, cuestionar si aquello que transcurrimos realmente es necesario, determinante o si acaso podemos hacer algo al respecto mientras nuestro cuerpo, mente, alma o representación se exponen en la cotidianidad.

[1] Ende, M. (1984). Momo. España: Alfaguara.


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